Asapmi - Asociación Argentina de Prevención del Maltrato Infantojuvenil

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Los circuitos de la violencia cotidiana - Nuestra propia inclusión e involucración.

Susana Tesone

Presentación incluida en el Foro sobre Violencia de la 3º Jornada Salud y Educación “Articulando experiencias”, del día 6-9-07
Sociedad Argentina de Pediatría – 6º Congreso Argentino de Salud Integral del Adolescente

La consigna para preparar esta presentación fue hablar sobre las propias experiencias y reflexiones. Eso me gustó, mucho. Porque creo que si no nos sentimos implicados y creemos que la violencia es algo que pasa y existe por fuera de nosotros, vamos mal.
Hablar desde mi experiencia personal implica contarles que la mayor parte de mi vida profesional transcurrió en áreas muy ligadas al trabajo con familias. Pero fue en los últimos doce años que me volqué mucho más hacia el trabajo con personas y con familias insertas en problemáticas de violencia, maltrato y abuso infantil, paralelamente con la formación y trabajo permanente junto a la Dra. María Cristina Ravazzola y mi labor en el Servicio de Adolescencia del Hospital Municipal de Vicente López “Dr. Bernardo Houssay”. También desde hace cinco años trabajo en el área de rehabilitación de adicciones con grupos de padres y con familias de adictos, primero en la Fundación “Proyecto Cambio” y en los tres últimos en la Fundación “Programa San Carlos”.
Mi experiencia con el ámbito escolar fue y es a través de los seminarios y capacitaciones a docentes del municipio de Vicente López, que hacemos a través del Servicio hospitalario mencionado.
En cuanto a mis reflexiones, tienen y tuvieron siempre que ver con el planteo de múltiples preguntas, a algunas de las cuales voy dándoles alguna respuesta, y otras todavía siguen sin ella, tal vez porque no existe una sola respuesta, y porque la complejidad hace que lo lineal se invalide.
Lo primero que me atrajo de esta invitación fue la posibilidad de poder hablar acerca de nuestra propia implicación en este tema tan complejo, desde el convencimiento de que la violencia nos atraviesa y que en todo caso es una permanente elección sustraernos a ella, desanestesiarnos, permitirnos ser vulnerables, ser afectados por lo que nos pasa y lo que les pasa a otros.
Creo básicamente que el sistema patriarcal en el que vivimos promueve desde su propia existencia valores de jerarquía, subordinación, y autoritarismo, que están naturalizados y, por eso mismo, invisibilizados. Y que todos – hombres y mujeres - estamos atravesados y construidos por ellos.
Nuestras creencias acerca de qué es ser un hombre, qué es ser una mujer, nuestras ideas acerca de qué es una familia, nuestras idealizaciones, nuestras ideas sobre el amor, nos influyen en el sostenimiento de ciertos supuestos que en la práctica muchas veces sólo son frases carentes de consistencia, envases sin contenido, y que encubren infiernos, terrores, confusión...
El contexto socio-político también está construido dentro de estas lógicas y los modelos socio-económicos vigentes obstaculizan y neutralizan cualquier reflexión dirigida a resistirlos.
Mi propuesta está dirigida a interpelarnos como operadores sociales respecto de nuestros propios ‘saberes’, nuestras ‘teorías’ y nuestras ‘intervenciones’, y sobre todo sobre nuestra propia responsabilidad y nuestra ética.
Para eso voy a comenzar mi presentación reseñando los casos más graves de violencia escolar de los últimos años, y a partir de ahí desarrollar los lineamientos en los que se basa mi trabajo con los docentes. (Un Power Point muestra un listado de casos).
Casi a diario leemos en los diarios, vemos por televisión y escuchamos en las radios noticias que nos informan sobre episodios de violencia cada vez más frecuentes en las escuelas, entre estudiantes, agresiones de estos a docentes y en algunos casos de los docentes hacia ellos.

¿Cómo se fueron construyendo estos hechos?
Algunas de las primeras preguntas que me hago siempre y específicamente en el ámbito escolar son:
• ¿cómo se llegó a esta situación?
• ¿hubieron señales anteriores?
• ¿de qué tipo?
• ¿les prestamos atención?
• ¿las negamos minimizándolas?
• ¿qué de nosotros se jugó para que eso suceda?
• ¿qué variables utilizamos para analizar lo sucedido?
• ¿nos incluimos en ellas?
• ¿qué nos sucede a nosotros como operadores sociales – maestros/as, preceptores/as, directivos/as, trabajadores/as sociales, psicólogos/as, psicopedagogos/as, médicos/as?
• ¿qué creencias guían nuestras acciones y/o intervenciones?

Algunas de las explicaciones más habituales:
• vivimos en una sociedad violenta
• los padres están separados
• la mamá no está nunca porque trabaja
• la familia no los contiene
• los padres nunca vienen cuando los citamos
• el padre se quedó sin trabajo
• tiene un trastorno de personalidad
• el papá o la mamá son alcohólicos
• con esos padres... qué se puede esperar
• etc., etc..

El análisis que propongo es desde la complejidad. El tema nos atraviesa en todas sus aristas por más que queramos tratarlo como un problema que puede ser objetivado y alejado de nosotros y analizado desde una sola perspectiva. La violencia se da en todas las instancias de la sociedad porque vivimos inmersos en un sistema de vida patriarcal que se asienta en valores que la promueven y facilitan.

Los contextos favorecedores y reproductores de la violencia:
Dice el pacifista Johan Galtung (1969) que cuando un hombre golpea a su mujer estamos ante una violencia personal, pero cuando un millón de hombres hacen que sus mujeres permanezcan en la ignorancia entonces se trata de violencia estructural.
Los contextos favorecedores de la violencia se derivan de los valores y de las lógicas polarizadas en que se asienta el sistema de vida patriarcal, que favorece las jerarquías – y por tanto la dominación y subordinación -, el autoritarismo y la discriminación, y que, naturalizados y por eso mismo, invisibilizados, favorecen la existencia de sistemas sociales estables y autoritarios. Entre los polos se produce una tensión/grieta que hace posible la aparición e instalación de violencia. Todos nosotros, hombres y mujeres, estamos construidos y atravesados por esos valores y esas lógicas.
De estos valores se deriva una construcción de la realidad hecha desde las creencias que circulan a través de la prescripción de los roles para los hombres y para las mujeres que hace la cultura, y que son transmitidos y reproducidos automáticamente de generación en generación, a través de los medios de comunicación, el cine, las canciones, las tecnologías actuales, etc..

Algunos de los mitos sexistas sobre los varones y sobre las mujeres:
Ellos tienen que: GANAR – DOMINAR
DESPRECIAR: Emociones, cuidados, miedos
Tienen que ser más fuertes, poderosos, expertos en sexo, en vida pública, desafiantes, dominantes, agresivos, racionales, arriesgados.
En la contraparte de las mujeres se espera todo lo contrario, que sean sumisas, no competitivas, emocionales, débiles, maternales y listas para el cuidado y la conexión de los otros.

Nuestras propias violencias:
Quiero compartir con ustedes una reflexión personal que tiene que ver con mis propias observaciones y, creo, con la línea de trabajo que intento delinear junto con mis compañeros en los espacios de trabajo compartidos con ellos. Y es acerca de la observación de la violencia que se puede ejercer y en muchos casos se ejerce, desde el saber. Y me estoy refiriendo al saber profesional.
Creo que la progresiva y cada vez mayor especialización que se registra en las áreas de las ciencias sociales y médicas en los últimos veinticinco años, ha producido una especie de vaciamiento de los recursos de cada uno de nosotros como adultos responsables y hemos aprendido a creer que no somos capaces de resolver los problemas o las dificultades de la convivencia con nuestros hijos, nuestras parejas, nuestros alumnos, si no recurrimos exclusivamente a los especialistas que suponemos son los únicos capacitados para resolverlas.
Esto ha llevado por un lado a una cada vez más alarmante patologización de los temas humanos, a una mirada que pone énfasis en – y creo que esto se deriva de la preeminencia del modelo médico sobre el resto de las ciencias sociales – la patología, el déficit, lo que supuestamente falta, en lugar de estimularnos y ayudarnos a visualizar los recursos y las posibilidades que tenemos como personas. Dentro de esta línea es donde observo la retirada de los adultos del lugar de legítima autoridad – donde por supuesto incluyo a los docentes -, que se ven obligados a priorizar muchas veces lo burocrático y rígido del sistema educativo por jerárquico y cerrado, por encima de la transmisión de valores para la vida de modos vivenciales y de acompañamiento a sus alumnos. Es una mirada que facilita la consideración de la violencia como un ‘objeto’ que por tanto sería propiedad o característica de un ‘sujeto de la violencia’, reduciendo el tema de la violencia a ideas de patologías individuales (Denise Najmanovich).
La aplicación de ‘teorías’ absolutas para explicar fenómenos complejos y multidimensionales, la violencia dicotómica que divide al mundo en polos opuestos y antagónicos (bien/mal, violento/pacífico, normal/anormal, sano/enfermo). Una cultura que premia al ‘vivo’, al ‘piola’, al que se aprovecha de un ‘buenudo’, que tolera, que es cada vez más laxa en el acatamiento de las normas y alimenta la impunidad, que favorece el consumo indiscriminado de todo – bienes, alcohol, drogas, mujeres, niños y niñas -. Una sociedad que premia y coloca en lugares de poder a personas manipuladoras. Como señala Marie-France Hirigoyen (1999), “Manifestamos una indulgencia inaudita con las mentiras y las manipulaciones que llevan a cabo los hombres poderosos. El contexto sociocultural actual permite que la perversión se desarrolle porque la tolera.”
Es tal la impregnación de estas lógicas y valores en nuestras acciones cotidianas que para visualizarlas debemos hacer un esfuerzo deliberado y consciente que nos permita poner un palo en la rueda del automático y detenernos para pensar y accionar en un sentido diferente.

Algunas premisas que pueden ayudarnos a movernos hacia otra modalidad:
Uno de los fenómenos característicos en las víctimas de violencia es el de la anestesia. En lo personal o individual se instala como un mecanismo de defensa que ayuda a soportar el dolor de la victimización, la humillación y el maltrato. En lo grupal/social se da de la misma manera. Es tal el monto de violencia de la que somos testigos directa o indirectamente, a través de los diarios, de la televisión, del cine, en nuestros lugares de trabajo, en las instituciones, en la política, que nos vamos insensibilizando progresivamente y convenciéndonos de que tal vez no sea para tanto. Nos vamos aislando, recluyéndonos en círculos cada vez más estrechos, más íntimos, idealmente más protectores. Sin embargo el proceso no es inocuo.
El modelo educativo tradicional apunta a la homogeneización y al disciplinamiento, en un mundo que puja por mostrar la diversidad y las diferencias, y que exhibe una lamentable y creciente desigualdad. En esta transición podemos paralizarnos y anestesiarnos o sensibilizarnos y volvernos vulnerables – en el sentido de ser afectados - por nosotros mismos y por los otros. La relación maestro/profesor-alumno presenta una tensión implícita en sí misma, y al mismo tiempo un desafío y una interpelación a la responsabilidad que como adulto tiene el docente frente al alumno/a. Si seguimos pensando que autoridad es lo mismo que autoritarismo, y sin discernir sus diferencias dejamos de ejercerla por temor a ser considerados autoritarios, perdemos como plantea Narodowski (2006) el lugar de responsabilidad que como adultos debemos asumir, que forma parte de la tarea misma de educar, de la tarea de ser otro que tiene algo distinto para ofrecer; una autoridad que en su propio ejercicio plantea una intensidad o una ‘violencia productiva’ (Groppa Aquino, 1998).
Si en el mundo de los adultos - básicamente la escuela, la familia y los medios -, el mensaje es que los chicos, y los adultos también, tienen que hacer omisión de sus sentimientos porque lo que se exige de todos... - y todos exigen - es rendimiento y seguir adelante con los estudios y la vida cotidiana; si lo que se exige es ante todo rendimiento y negación emocional, promoviendo un rechazo de la experiencia emocional interna, lo que se está promoviendo de esta manera es la ansiedad, la depresión y la ira en lugar del alivio que puede significar la escucha y la comunicación solidaria entre pares y con el mundo de los adultos. Si aceptamos vivir en un mundo en donde lo que importa es el rendimiento y no la persona, se despersonalizan las relaciones humanas, se habilita un proceso de deshumanización que no permite ver las señales anteriores al estallido de la violencia.

Para esto el objetivo del rendimiento escolar y vital tendrá que dejar de estar en el centro de la mira y concebir a los chicos no como alumnos sino primero como personas, cada uno con características propias. Lo contrario es afirmar que lo único importante es pasar por alto la experiencia, el mundo interno de cada chico y concentrarse en lo externo: rendimiento y eficacia.


Para ello...:

• visibilizar y desmontar los supuestos que favorecen la reproducción de conductas violentas
• generar espacios de inclusión del otro como un ‘legítimo otro’
• abrir y plantear dilemas
• conceder el mismo valor a los resultados académicos que al desarrollo de la personalidad
• crear y facilitar modalidades de participación y trabajo cooperativo
• promover la amistad y la integración como prevención (trabajar activamente para que todos los alumnos tengan amigos en la escuela)
• incorporar la idea del conflicto como parte constitutiva de la vida y de que es posible su resolución pacífica
• fomentar a través del juego y de dramatizaciones el planteo de situaciones que puedan terminar de maneras violentas, e ir rotando los roles para que todos participen, fundamentalmente aquellos a quienes les cuesta más expresarse e imaginen soluciones alternativas.
• Intentar desarrollar la idea de que no es perder el tiempo detenernos a intervenir frente a las primeras señales de alerta.



A modo de conclusión:

Salirse de las lógicas que favorecen la violencia supone un verdadero esfuerzo, un palo en la rueda de los automáticos, de lo naturalizado. Implica un proceso político que es personal. Requiere de una actitud de resistencia cultural, de rebeldía en el mejor sentido de la palabra, en el más vital y humano, de deconstrucción de los mandatos culturales que nos dejan anclados a lugares fijos. Y para eso debemos prestarle atención al malestar, a lo que nos hace ruido, a lo que se resiste a entrar en el automático. Es ahí cuando debemos detenernos para activar nuestro propio pensamiento, cuando nos escuchamos, cuando nos permitimos el ‘itinerario propio’, cuando nos sentimos afectados, cuando nos dejamos afectar.

Una autora de origen australiano-norteamericano que yo sigo mucho, Kathy Weingarten - de quien adopté el concepto de resistencia cultural -, habla de esos pequeños actos de sensibilización ante las violencias que son transformadores. Dice que son como los pasos de hormiga, pequeños, cortos, pero que aún así pueden hacer una diferencia para nuestras familias, nuestra comunidad, el mundo y nosotros. Esos pasos pueden ser aprendidos y enseñados. Y sigue diciendo: “los hábitos formados en el aquí y ahora, en las idas y vueltas de todos los días, crean conexiones con los otros que pueden sostenernos. Podemos marcar la diferencia ahora, aquí, donde quiera que estemos.”
Y para terminar, quisiera repetir algo que le escuché decir a Cristina Ravazzola: “La vida cotidiana no existe en la cabeza de los profesionales. ¿Quién le presta atención al cuidado de todos los días?” ¿Habrá llegado el momento de empezar a hacerlo?

Referencias:
Galtung, Johan: Violence, Peace, and Peace Research, 1969, citado por Weingarten, K., en Common Shock.
Groppa Aquino, Júlio.: A violencia escolar e a crise da autoridade docente, Cuadernos Cedes, año XIX, Nº 47, Diciembre 1998
Hirigoyen, Marie-France: El acoso moral, Paidós, Barcelona, 1999
Kobrin, Susana: comunicación personal
Nadorowski, Mariano: Cápsulas progresistas, en “Dolor de Escuela”, Ed. Prometeo, Buenos Aires, 2006
Najmanovich, Denise: El saber de la violencia y la violencia del saber
Rolnik, Suely: Geopolítica del rufián, en “Micropolítica”, Ed. Tinta Limón, Buenos Aires, 2005
Ravazzola, Ma. Cristina: Artículos varios y comunicaciones personales
Weingarten, Kaethe: Common Shock, Dutton Penguin Group, USA, 2003
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