Asapmi - Asociación Argentina de Prevención del Maltrato Infantojuvenil

Artículos

Volver del abuso. Del poder del abusador a la apropiación del cuerpo deseante. Hacia una clínica social e institucional.

Patricia Gordon

Presentado en el II Congreso Internacional de Violencia, Maltrato y Abuso organizado por Salud Activa - Noviembre de 2009

Resumen:
Presentación de viñetas clínicas que dan cuenta del tránsito que va desde el desadueñamiento del cuerpo abusado hacia el encuentro con el cuerpo deseante.
Mediante un enfoque transdisciplinario clínico-social-institucional se analizan los modos de intervención en casos de abuso sexual intrafamiliar y extrafamiliar, como así también los obstáculos que se presentan en el contexto jurídico, psicológico y social en el abordaje de la temática.

Palabras Clave:
Abuso sexual Infantil. Incesto Paterno Filial. Crueldad y Ternura.
Lógicas Colectivas. Numerosidad Social. Desmentida. Abordajes transdisciplinarios. Silenciamiento. Etica solidaria.

El encuentro con la dimensión del abuso sexual y el efecto de devastación psíquica que conlleva, tiene en mi práctica un punto de partida inesperado, sorprendente para mí, en su momento.
Encuentro que seguramente he ido resignificando a lo largo de los años y de todas aquellas experiencias que se sucedieron y que se sucederán, ya que el camino tomado es un punto de llegada que se continúa en el deseo de estar y trabajar en el lugar elegido.
El “estar” remite a la idea de una clínica, que en términos de Fernando Ulloa, abre una y otra vez la posibilidad del salto de una clínica del sujeto hacia el abordaje de la “numerosidad social”.
“En las estructuras colectivas el psicoanálisis está como invitado” “El analista es convocado pero no demandado como tal” (1)
Así nos encontramos él y yo, una mañana de invierno del año 1997, cuando apenas comenzaban mis primeros pasos como voluntaria de una ONG, motivada por una residencia previa en la Municipalidad de General Pueyrredón, en el área de Violencia.
Mauro y yo pasamos al diminuto consultorio en el que había una mesa pequeña, dos sillas, una caja con lápices y otra con juguetes.
Invitada para intervenir desde un Centro de atención a familias en el que predominaban modelos que nada tenían que ver con el inicio de una formación en psicoanálisis, convocada a esas primeras entrevistas de admisión, observaba que Mauro seguía parado, aún cuando lo animé a sentarse, sentada yo, mientras le preguntaba cuantos años tenía y él me respondía: “Tengo 11 años y no me quiero sentar”.
Alto, delgado, inquieto. Se movía y hablaba.
“Yo no estoy loco, la sangre que tengo en la camisa es porque me lastimé, no soy tarado, en la escuela se creen que estoy loco, no me voy a sentar porque no quiero…”
Los informes acumulados a los largo de años que me habían llegado daban cuenta del largo peregrinaje por escuelas especiales en las que M era “agrupado” con niños psicóticos, deficientes, hipoacúsicos.
Los diagnósticos se referían a diversos trastornos de personalidad, deficiencias, hiperactividad, autoagresiones…
¿Cuál es el caos? me preguntaba en ese diminuto cuartito, cuando el caos del encuadre, de su mirada perdida, de sus gritos que decían: “No me vas a obligar a que me siente”, cuando ese caos en el que nos encontrábamos los dos, él pidiendo y yo convocada a estar sin saber aún para qué, me llevó a entender que ya no podía permanecer sentada esperando que él hiciera aquello que lo obligaba.
Sin pensar demasiado le dije: Nadie te va obligar. Y me paré.
La escena de las continuas violaciones fue traída mucho tiempo después, cuando él eligió como objeto depositario, transformado y transformador, eje de su análisis, sostén del encuentro, a un Pierrot, payaso triste con una lágrima en el rostro, que estaba sobre una mesa al modo de adorno.
El Pierrot tuvo diversos nombres, era desnudado, maltratado, cuidado, roto, reparado, abandonado, vestido con ropa que él confeccionaba y que a veces, solicitaba que yo también hiciera junto a él.
Ropa nueva, trajes de hombre, de mujer, de niño…
Su madre era prostituta, me dijo en alguna oportunidad, mientras miraba con atención una chalina de seda que estaba detrás de un mueble: “Esa es una bombacha, ¿que hace acá?” Los recuerdos de su madre, la ropa tirada, los hombres que a veces iban a su casa…”
“Yo me iba por el barrio, pero a mí siempre me rompían el culo los mas grandes” “Ahora no vivo mas ahí”
Caben a esta altura algunos interrogantes, que desde cierta perspectiva que no pretende la exhaustividad del recorrido por la terapia de M, nos ayudarían a abrir otras cuestiones en cuanto al abordaje institucional y el contexto en el que el paciente se encontraba inmerso.
Siguiendo a Ana María Fernández en Las Lógicas Colectivas tenemos que: “La problemática del cuerpo ha sido objeto de históricas controversias filosóficas, morales, religiosas, políticas, médicas, que siempre fueron mas allá de los intereses de indagación propios del campo en el que se desplegaron”…
“Han cambiado las significaciones imaginarias que cada época ha construido con relación a los cuerpos. Diferentes han sido los discursos y las prácticas, los mitos y los regímenes de verdad en relación a ellos. Pero siempre se ha dicho qué tienen que hacer, donde y cómo tienen que estar los cuerpos…cada cuerpo se produce y reproduce en el complejo anillado de múltiples marcas. Marcas deseantes pero, pero también histórico-sociales: biológicas pero también políticas, pulsionales pero también del lenguaje”. (2)
En el caso mencionado, mas allá del trabajo específicamente terapéutico, se presentaba la dificultad que nos proporcionaba el “largo historial” y la cantidad de versiones y diagnósticos acerca de qué era lo que a M le ocurría y desde allí cual era el mejor tratamiento, al punto de estar medicado con los psicofármacos en boga para los llamados niños hiperactivos y con déficit de atención.
El cuerpo abusado, violado, maltratado de Mauro era también el cuerpo disciplinado de las instituciones (escuela, familia, centros de salud). Hablaba el lenguaje de los síntomas, pero aún más.
Cuerpo atravesado por las marcas de los saberes y prácticas sociales, la historia social de los cuerpos que lo precede y los prolonga más allá de su organización deseante y biológica.
Señalado como un niño hiperactivo, violento y en ocasiones psicótico, deambulaba en su historia de padecimiento y de exclusión, la misma que promulgada desde el disciplinamiento de los cuerpos lo dejaba una y otra vez del lado del desamparo.
La intervención se fue construyendo en un dispositivo abierto que permitió en cierta forma, la puesta en marcha de acciones concretas desde el campo psicológico, jurídico, social y del aprendizaje.
La inclusión de M en una escuela dentro de la misma institución en la que realizaba su tratamiento, su salida de la escuela especial, posibilitó la emergencia de un cuerpo en el que lentamente se fueron inscribiendo otras marcas, nuevas significaciones y sentidos que en línea opuesta, desandaban para volver a andar.
Por esa época debí atender al niño en un primer piso.
Cuando llegaba no tocaba el timbre.
Al modo de un ritual arrojaba piedras hacia la ventana que daba a la calle gritando mi nombre y diciendo: Abrime!!
Su llamado comenzaba a oírse.
Mientras tanto, el Pierrot experimentaba diversas transformaciones.
En la etapa final tenía pantalones, remera, cabello.
“Parece un nene”, dijo en cierta oportunidad.
En los últimos encuentros M juntaba cajas de cartón en el camino que lo llevaba de su casa hacia el consultorio. Las iba dejando en un rincón. Hasta que un día se decidió por una de ellas. Con fibra negra le dibujó una cruz en la parte de arriba y me preguntó que letras eran las que se ponían en los cajones de los muertos para que descansen: QEPD, le dije. Las fue escribiendo, abrió la caja y tomó al Pierrot. Lo introdujo y luego la cerró con cinta adhesiva.
Le pregunté que hacíamos con él. “Quedátelo vos, me dijo. Ya está”
Sin adentrarme demasiado en las características del trauma psíquico padecido por este paciente y en el intento de transmitir algo en relación a las categorizaciones de los cuerpos estallados por la violencia, en este caso, sexual, me interesa subrayar a partir de esta viñeta clínica, algo en torno al silenciamiento entendido como un proceso de acallamiento.
Muchas veces mencionamos al silencio como un elemento a tener en cuenta en el fenómeno del abuso sexual. El de las víctimas, el silencio que reina en el secreto, el de la familia, el de una buena parte de la sociedad.
Es posible que la noción de silenciamiento nos provea de una dimensión mas compleja en la comprensión de cómo operan ciertas modalidades en las dinámicas propias de las instituciones, por ende de los sujetos.
El silenciamiento remite a un proceso de acallamiento en el que conviven los secretos reprimidos al servicio del ejercicio del poder.
En el caso presentado y a la luz de estos conceptos me interesa subrayar de qué manera el silenciamiento hubo seguramente operado como aquel proceso en el cual el secreto a voces de los abusos sufridos perduraba en el tiempo al punto tal de obturar toda posibilidad de intervención que al modo de un proceso saludable, habilitase una salida hacia el cambio.
Mientras tanto, el paciente seguía recibiendo los diferentes rótulos disciplinantes que lo ubicaban una y otra vez en el lugar de un niño con problemas de conducta, agresivo, raro…
Cuerpos devastados, expulsados, excluidos que denuncian las marcas de sus traumas pero también del lugar en el que nuestra cultura los silencia y los confina.
Continuando con la idea que se desprende acerca de la imposición del silenciamiento nos acercamos entonces a la del poder que subyace en los vínculos de sometimiento que se presentan en los abusos sexuales y en el incesto paterno filial.
He seleccionado algunos recortes de relatos que transcribo a continuación:
“Mi papá me dijo que no hable mas con la psicóloga porque me van a comer las cucarachas y las ratas”. (Sofía, niña incestuada de 4 años)
“El profesor me decía que si yo contaba lo que me hacía iba a matar a mi mamá con un cuchillo” (Facundo, de 4 años, niño abusado sexualmente por el profesor de educación física)
“Después que me tocaba, mi papá me decía que teníamos que rezar arrodillados para que Dios nos perdone, y yo lo hacía” (Jimena, de 14 años, niña incestuada)
“El me dijo que lo que me hacía era porque me amaba” (Laura, adulta de 30 años incestuada por su padre)
En un artículo titulado ¿Es el Poder impiadoso con la moral?, Silvia Bleichmar nos dice: “El poder aniquilador, omnímodo, ausente de respuesta…ese es el que hemos conocido usualmente los argentinos y nuestros vecinos. El que ni siquiera debe responder por sus acciones porque en su suficiencia no baja la mirada ante el otro ya que su mentira no está dirigida a un interlocutor válido y, por ende, no produce vergüenza. Ese poder capaz de arrasar con el otro, es poder de la muerte. La muerte que encontramos en el rostro del Otro-volviendo a Levinas- como la no respuesta, como la sin-respuesta, la experiencia para el sobreviviente de la sin respuesta. No se trata del paso a la nada, sino de la imposibilidad absoluta. Es ante esta fuerza ciega y sorda que implica el poder mortífero que se pone en evidencia la absoluta imposibilidad de la subjetividad, y por lo tanto, el pasaje a la muerte psíquica, o al desmantelamiento de toda subjetividad, que es, en definitiva, la verdadera muerte.” (3)
Si seguimos por un instante los recortes de los relatos de las víctimas de abuso sexual e incesto paterno filial bien podemos pensar acerca de algunas de las cuestiones que Bleichmar nos plantea en su artículo.
El poder de abusador entonces, ¿no es aquel que aniquilando se abalanza sobre ese interlocutor, que no es válido porque no se puede validar en una respuesta ante esa mirada que lo arroja a la imposibilidad?
¿Cuál es la posibilidad para una niña que debe arrodillarse para pedir perdón por el incesto de su padre o para aquella que escuchaba reiteradamente que el amor era lo que lo llevaba a su padre a violarla reiteradamente?
Nos adentramos entonces en el terreno de la crueldad y la de la ternura.
De acuerdo a la experiencia clínica con niños, niñas, adolescentes y adultas incetuad*s y/o abusad*s sexualmente, he considerado la posibilidad de precisar, a partir de estos dos conceptos, las siguientes vivencias:
El abuso sexual y el incesto se apoyan en la noción de crueldad. La misma implica el ejercicio de un poder inherente a un posicionamiento subjetivo y existencial.
No constituye una estructura neurótica y no remite a lo inconciente sino a la conducta planificada y conciente.
En el incesto paterno filial se anulan todos aquellos límites que constituyen algún tipo de ordenamiento en las familias, predominando la confusión entre todos sus integrantes: “Mi hermana se llegó a enojar conmigo porque mi papá me prefería a mí casi todas las noches. Y mi hermano me dijo un día que estaba enojado: Yo ya se lo que hacen vos y papá cuando se encierran en la pieza”, decía Marcia, de 33 años en una consulta.
“El adulto abusador, en lugar de ser soporte de la ley exogámica, se pretende hacedor de la ley, pero una ley negativa, endogámica, donde se presenta como un ser todopoderoso y sin fallas a quien todo le pertenece. Niega a la niña el estatuto de sujeto separada de su padre.” (4)
El par antitético de la crueldad es la ternura. El adueñamiento del cuerpo abusado, muchas veces, tratamiento mediante, circula por los senderos de la ternura. Diría Fernando Ulloa: “La ternura crea el alma como patria primera del sujeto” (5)
En franca oposición con la erotización temprana, el niño y la niña buscan y se amparan en un otro que provea el cuidado necesario para asegurar su existencia.
No es muy difícil percibir la mirada que busca el gesto, la pregunta que nace a partir de la curiosidad y que espera una respuesta, el pedido más o menos manifiesto, de alguna palabra, ante el temor que produce el encuentro con lo que no se sabe ni se conoce.
El cuerpo estallado de las violencias y abusos clama por la instauración del lenguaje y el gesto que reordenen el caos de la sin respuesta de algún acto de crueldad.
Ahora bien, siguiendo la lectura propuesta acerca de las conceptualizaciones acerca de la ternura, sería oportuno mencionar que estamos precisamente ante lo que se ha denominado, una instancia ética, “renuncia al apoderamiento del infantil sujeto” que remite al freno del fin de descarga de la pulsión. Mediante esta coartación y en las antípodas de lo que venimos diciendo en torno a la crueldad, devienen dos características fundamentales: la empatía y el miramiento. Este último, ausente por excelencia en aquellos casos de abuso y de incesto paterno filial.
“Tener miramiento es mirar con amoroso interés a quien se reconoce como sujeto ajeno y distinto de uno mismo” (6)
Volver del abuso. Retornar cotidianamente a la búsqueda y al encuentro de una o de muchas miradas que reconozcan y habiliten la diferencia en un vínculo, a veces de amor, otras de acompañamiento, de sostén, de abrigo, de cuidado…
Es pertinente, a esta altura, preguntarnos si el abordaje de los casos que se nos presentan no requiere una lectura, por ende un conjunto de intervenciones que nos permitan colocar a la instancia ética como una ética solidaria en el sentido de estar allí como sujetos activos en búsqueda de transformaciones.
Y por otra parte, profundizar si en nuestras prácticas y en aquellas que observamos en nuestro medio, hemos podido avanzar hacia una clínica social e institucional.
Para esto me interesa destacar una serie de observaciones que surgen a partir de mi inserción y de mi propia implicación en el tratamiento de estas problemáticas:
• El silenciamiento, las consecuencias del ejercicio del poder, el miedo y la complicidad forman parte de los obstáculos individuales e institucionales de quienes trabajamos con estos fenómenos
• Por lo tanto, la continua revisión de nuestras intervenciones es prácticamente una condición fundamental para avanzar en la práctica.
• La formación teórico práctica posibilita el acercamiento a la transdisciplina como modo de pensar, reflexionar y actuar en los casos de violencia y abuso.
• Pensar en términos de producción de subjetividad nos remite a pensar lo subjetivo como un proceso. Devenir de la dimensión subjetiva en diversas situaciones colectivas a indagar.
• Esto nos permite un mas allá del cuerpo violentado y abusado que conduce en el mejor de los casos al cuerpo deseante, potencial en las transformaciones que invierten la lógica de las disciplinas dominantes.
• Los dispositivos grupales, el encuentro y el intercambio profesional, la mirada crítica hacia nuestras intervenciones, el compromiso mas allá de la atención individual, nuestro posicionamiento ético ante el problema, la denuncia y la protesta social, el miramiento y la hospitalidad, el análisis de nuestra implicación, el reconocimiento de nuestros propios límites, entre otras cosas, forman parte de aquello que nos introduce en una clínica social mas abarcativa e inclusiva.
• Las reacciones violentas contra l*s profesionales, que ya han sido estudiadas y conceptualizadas por diversos especialistas y que reciben el nombre de backlash, como así también la proliferación de pseudoterías que descalifican y hasta niegan la existencia del ASI son a mi entender, y en el marco de los lineamientos de esta exposición, modos de ejercicio de un poder que se remonta a la conceptualización de disciplinamiento de los cuerpos: manipulados, excluidos y negados una y otra vez.

Finalmente, resta seguir pensando y trabajando en la idea de una dimensión política del abuso que nos permita atravesar la crueldad y así inaugurar nuevos modos de ternura, de acciones, de fundación de nuevas situaciones y de prácticas que inauguren otras marcas.
Recurriendo una vez mas al legado de quien ha sido pionera y maestra de una clínica ética y solidaria, nos encontramos con estas palabras que en cierta forma expresan algo de lo planteado hasta aquí:
“ Imposibilidad absoluta, contradicción irresoluble, ya que el Poder es impiadoso con quien lo ejerce, con la moral de quien a él se ve sometido en razón de su ejercicio, ya que siempre será sordo a una parte de los seres humanos cuya vida rige. Por eso lo mejor de los seres humanos se expresa en la lucha colectiva por acceder al poder, por resolver generosamente las limitaciones que el poder existente tiene para hacerse cargo de los intereses del conjunto, y se ve acotado por el ejercicio que el triunfo en esa batalla brinda. Pero lo salva de la perversión su capacidad de escucha, no del coro de cuervos que pretenden volver a sus privilegios anteriores, sino de las voces aún no tomadas en cuenta, aún en sordina que se expresan bajo la capa de indiferencia que pretende sepultarlas” (7)

(1). Ulloa, Fernando. Novela Clínica Psicoanalítica. Bs As, Paidós, 1995
(2). Fernández, Ana María. Las Lógicas Colectivas. Imaginarios, Cuerpos y Multiplicidades .Ed. Biblos, 2007
(3) Bleichmar, Silvia. ¿Es el poder impiadoso con la moral? Revista Imago Agenda, 2006
(4) Tessone, Juan Eduardo. Notas psicoanalíticas sobre el incesto consumado: ¿El triángulo deshecho? Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo
(5) Taber Beatriz, Altschul Carlos (compiladores). Pensando Ulloa .Libros del Zorzal. 2005
(6) Ulloa, Fernando. op.cit.
(7) Bleichmar, Silivia .op.cit
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