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Notas de Actualidad

"Borrando a la ética..." por la Dra. Patricia Paggi.

Dra. Patricia Paggi

Una abrumadora mayoría de nosotrxs, acaso sin saber que de eso se trata, portamos una ética que hemos ido construyendo y que se consolida ante los desafíos que la vida nos propone.
Con el tiempo, ya no solo sabemos, sino que sentimos en nuestro fuero más íntimo, que hay cosas que no podríamos hacer y que además no debemos, por una creencia personal, una educación, un desempeño profesional que nos lo refuerza todo el tiempo en cada decisión que tomamos.
Es así que, cuando integramos colectivos técnico-profesionales nos damos códigos de ética, que regulan para todxs, dentro de cada desempeño, esos preceptos que no deben violarse, esas cuestiones que deben preservarse, más allá de todo interés o lógica colectiva o individual y exceden con mucho lo legislado.
Dentro de estos acuerdos sociales es que trabajamos, comentamos nuestros desempeños, hacemos nuestras publicaciones y emitimos nuestras apreciaciones, opiniones y posiciones en diferentes temas que nos lo exigen.
Aquellxs que trabajamos en el cuidado y protección de otros, en especial de otrxs vulneradxs o vulnerables, nunca perdemos de vista esa ética y todo el tiempo ejercitamos el desafío de no olvidarla, aun cuando las emociones que transitamos al ponernos en conocimiento del horror, del daño, de la perversión desplegada nos pueda impulsar a venganzas personales o actitudes retaliatorias. No lo hacemos porque tenemos ética y porque sabemos que eso sólo incrementa el daño que decimos intentar reparar, que nos emparejaríamos con el horror, que invalidaríamos el motivo, por más noble que nos parezca.
Sin embargo, tenemos que ver con cierto estupor, que de manera engañosa, personas que se presentan como cineastas, pero que en sus motivos demuestran que el cine es sólo una excusa, olvidaron la ética, tanto la personal como la de la profesión que dicen ejercer. Percibimos que proponen desde esa lógica interna un juego de emboscadas, en el que se hace uso de cualquier método para poner en cuestión procesos y procedimientos con los que se han sentido afectadxs, directa o indirectamente, bajo la máscara de una crónica pseudo-periodística donde todo vale.
Y cuando decimos “vale todo”, no magnificamos, sino que describimos: entrevistas editadas, consignas ambiguas o claramente mentirosas, grabaciones y cámaras ocultas ,descontextualizaciones, uso insistente de la noción de “las dos campanas” haciendo sonar sólo una durante 68 minutos, las desmentidas que simulan respuestas a esos profesionales sin oportunidad ninguna al debate o intercambio serio de opiniones, casi un proceso acusatorio sin garantías constitucionales y con testigos que son parte interesada…
Y entonces estamos obligadxs a volver a la ética, a preguntarnos, cuáles serían las respuestas posibles ante tanta falta de criterio y respeto, ante todo a las personas directamente implicadas? Y aquí debemos incluir a niños, niñas, madres, padres. Deberían esxs profesionales burladxs, para “demostrar su inocencia”, salir a debatir en los medios de comunicación, instalando una pelea en el barro? No hacerlo en ese escenario, que parece ser el propuesto, lax condena a la culpa? No tienen nada para decir?
Sin dudas tienen mucho para decir, pero entienden que el debate tampoco es sin ética. Que no es ese el campo ni esa la matriz desde la que se debe establecer un debate. Que no es sin reglas que se puede producir, ni personal ni socialmente, sino que por el contrario se destruye. Que el respeto de la intimidad de aquellos a los que cuidan, su fragilidad, se los impide. Y que además, no es sobre ellxs que se habla, es sobre niños, niñas y adolescentes que fueron obscenamente exhibidos, puestos en cuestión, junto a sus terapeutas, y lxs jueces que debieron decidir sobre ellos ante situaciones que los afectan. Tal vez sientan sin equivocaciones que son la última barrera de protección, ante el avance desbordado y que preservarse es preservarlos.
Saben que en las consideraciones profesionales no hay un ellos contra un nosotros. Hay plena conciencia de que se encuentran frente a situaciones dilemáticas y nunca pueden perderse de vista en las evaluaciones e intervenciones, los derechos y necesidades de las personas afectadas, en particular cuando ellos son NNoA.
Entonces podríamos preguntarnos: tienen un posicionamiento frente a estas situaciones?, son enteramente neutrxs? Cuáles son los bordes? No les preocupa el sufrimiento de un padre o madre que ha perdido el contacto con sus hijxs? Han quedado inermes ante “la evidencia” de un video casi hogareño pero con mucha publicidad?
Y sabemos que contestarían: Si, hay posiciones y son necesarias; si, hay bordes, no somos neutrxs, pero nos preocupa y nos guían en nuestro desempeño y decisiones los hechos y no los dichos, el conocimiento científico y no las opiniones o experiencias personales, la consideración de cada situación individual en el marco de la experiencia, la resistencia a las generalizaciones forzadas, pero sobre todo el auto-respeto y el respeto a las personas que asistimos. Ya vemos suficiente arrasamiento como para reproducirlo y magnificarlo.
No es identificando enemigos, reales o simbólicos, como se aporta a la reparación, tarea a la que estamos llamadxs y no debemos olvidar. Otras personas significativas dañaron, a veces de modo irreparable. Y en la medida en que no se entienda que no es la intervención de un/a profesional la que define la ruptura de los vínculos paterno-filiales, sino que la búsqueda debe hacerse en los contenidos que lxs adultxs le propusieron a ese vínculo denigrándolo, seguiremos debiendo soportar demonizaciones que desplazan el quid de la cuestión e intentan confundir con falacias en lugar de poner en debate, de manera honesta y seria la realidad de muchas familias que no han logrado alojar saludablemente a sus hijos.
Entonces, nos queda por concluir, desde algunas de estas consideraciones, que muchxs de nosotrxs no estamos dispuestxs a hablar en términos cinematográficos, sino en la realidad y de la realidad, que no será sin reglas y que no seguiremos contribuyendo a que el dolor de las personas que asistimos se convierta en moneda de cambio que enriquece a quienes produjeron nada más que un video, desde sus opiniones y experiencias personales y convirtieron en rehenes a sus actores principales: los niños y niñas.

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